

Después del vértigo creativo y emocional que significó ALTER EGO, Silvestre y La Naranja se encontró nuevamente ante ese punto cero que obliga a replantear la forma de hacer música. No era un descanso, ni tampoco una ruptura; más bien un terreno fértil donde la banda podía volver a preguntarse quiénes eran y hacia dónde querían ir. La respuesta fue una obra pequeña en extensión pero expansiva en intención, donde el cuarteto experimenta con texturas nuevas sin desprenderse de la sensibilidad melódica que los define. “A nosotros no nos gusta limitarnos”, dice Lucas Grasso, bajista del grupo. Esa declaración funciona como el eje de su identidad artística. Desde 2018, cuando Justo FM (voz), Fran Nicholson (guitarra), Luco Grasso (bajo) y Ferla Laprida (batería) comenzaron a tocar juntos en Buenos Aires, la banda ha desafiado cualquier expectativa que intente encasillarlos. Su discografía ha funcionado como un laboratorio donde conviven el pop, el rock, la electrónica y la tradición melódica argentina. Esa vocación por la mezcla no responde a una estética caprichosa, sino a un método de trabajo basado en la curiosidad. “Si pasamos unos meses indagando un estilo y vemos que los cuatro estamos metidos en esa máquina, entonces exploramos por ese lado y dejamos que la música nos lleve”, comenta Grasso. Ese impulso fue decisivo para concebir ALTER EGO en 2025, un álbum que expandió su paleta hacia el synthpop introspectivo y los relatos emocionales construidos desde la dualidad: el yo íntimo y el yo público, el que se proyecta hacia afuera y el que se reserva para sobrevivir. Canciones como “Prisionero Perfecto”, “Océano” y “Puerta del Sol” tejieron una narrativa luminosa y fracturada, que desembocó en un show consagratorio en el Estadio Malvinas Argentinas. Luego, como un espacio de síntesis, nació tres maneras de olvidarte , un EP que captura un estado emocional más íntimo, casi microscópico, donde cada canción funciona como un pequeño experimento estilístico. De “TAN ADICTIVA”, un tema que respira al ritmo de un synth-pop lánguido y contenido, a “ARDE”, que se sumerge en una melancolía teñida por ecos ochenteros, el proyecto mantiene una coherencia que proviene más del espíritu que del género. Cada pieza parece buscar un modo distinto de soltar, de procesar, de reconstruir. “Tratamos de innovar desde nuestra perspectiva y con nuestra propia historia como punto de partida”, reflexiona Grasso. “Si en el disco pasado hicimos algo, en el siguiente nos animamos a explorar otros sonidos para así pensar un poco out of the box”. Ese movimiento, buscar una variación interna antes que un volantazo, es una de las razones por las cuales el grupo ha logrado sostener una evolución orgánica, sin perder el hilo que conecta su música con la tradición pop-rock argentina. Podríamos argumentar que sus melodías dialogan con la sensibilidad de Fito Páez, con la elegancia pop desprejuiciada de Miranda!, y con ese linaje de bandas clásicas del país (Soda Stereo, Virus, Babasónicos); que han construido identidad a partir de la mezcla, no del purismo. Para Justo Fernández Madero, esa búsqueda tiene más que ver con el riesgo que con la novedad como concepto abstracto. “Hasta cierto punto, en la música ya está todo hecho. El tema es mezclar estilos, géneros y colores. Lo que realmente nos impulsa a experimentar es el deseo de no repetirnos y hacer algo que sea nuevo para nosotros”. No se trata de escapar del canon, sino de redibujarlo. tres maneras de olvidarte no intenta refutar lo que ya alcanzaron, sino afinar una zona emocional distinta: más contenida, pero igual de expresiva. Ferla Laprida lo describe con un humor seco que funciona como una pequeña clave de lectura: “Es como un escudo contra el aburrimiento. Y eso nos ayuda a mantenernos frescos a un nivel creativo”. Cada decisión en el EP parece responder justamente a esa premisa: evitar la repetición como forma de complacencia. Hay un pulso nocturno y tenue que articula las tres canciones, pero también una voluntad de contraste entre sintetizadores discretos, guitarras limpias y una voz que se despliega sin sobreactuación, que les permite moverse con libertad. La banda también es consciente del lugar que ocupa dentro de una escena argentina que ha visto cómo conviven, casi sin fricción, las corrientes del pop-rock tradicional con el auge del urbano en sus distintas variantes. “Sin darnos cuenta, nos fuimos metiendo en la escena del nuevo pop-rock argentino”, señala Francisco Nicholson. Ese territorio implica herencia, pero también responsabilidad. Grasso lo matiza desde una perspectiva más amplia: “Quizás el movimiento urbano sea lo más cercano al mainstream en este momento, y la tradición de las bandas y de tocar con instrumentos quedó un poco apagada. Pero en Argentina nuestra escena está superfuerte y picante. Hay muchos grupos que están llenando estadios con este tipo de música y eso se valora mucho”. Esta vitalidad no sólo sostiene su espíritu explorador: también lo contextualiza. Silvestre y La Naranja no trabaja contra la corriente, sino dentro de un ecosistema que redefine qué significa ser una banda en los 2020, cuando las fronteras estilísticas están más abiertas que nunca. Fernández Madero lo resume al recordar cómo cambió la percepción del público a lo largo de las últimas dos décadas: “El público argentino de los años 2000 era mucho más confrontacional. Yo soy de este estilo; vos sos del otro. En ese entonces era muy importante definir si eras o no rockero. Después de esa generación se ablandaron las fronteras. Y nosotros nos sentimos cómodos con esa herencia”. Esa comodidad, paradójicamente, es lo que les permite buscar incomodarse creativamente. Ahora, después de recorrer Latinoamérica en giras que ampliaron su identidad más allá de las fronteras argentinas, la banda reconoce un nuevo vínculo regional. “Siento que el pueblo latinoamericano está bastante atento a todo lo que pasa en Argentina”, dice Grasso. Este EP no funciona como un anexo ni como un pie de página de ALTER EGO. Es un gesto concentrado: tres canciones que funcionan como respiración, como ajuste de rumbo, como recordatorio de que la banda sigue moviéndose con libertad, manteniendo la curiosidad como brújula y la melodía como refugio.